Hay lugares a los que una llega pensando que va a descansar y descubre que, en realidad, ha ido a encontrarse.
Estos últimos días he estado en el Monasterio de Suesa, en Cantabria, compartiendo tiempo, silencio y vida con una comunidad de monjas trinitarias.
Llegué buscando parar……….Y me encontré bajando………………..Bajando hacia dentro.
Como si durante unos días hubiera practicado una especie de espeleología interior: descender poco a poco, atravesar capas, acostumbrar los ojos a la oscuridad y al silencio hasta empezar a distinguir aquello que, con tanto ruido fuera, resulta difícil escuchar.
Mi propia voz.
Vivimos rodeados de estímulos.
Mensajes. Correos. Redes sociales. Reuniones. Noticias. Opiniones. Urgencias. Responsabilidades. Expectativas.
Siempre hay algo que responder, algo que decidir, algo que solucionar.
Y, casi sin darnos cuenta, podemos terminar viviendo permanentemente hacia fuera.
Quizá por eso necesitamos lugares como Suesa.
No necesariamente monasterios.
Pero sí espacios en los que podamos desconectar de lo de fuera para conectar con lo de dentro.
Porque estos días he vuelto a comprender algo que llevo años trabajando y acompañando en personas y organizaciones:
no podemos liderar verdaderamente fuera si no somos capaces de liderarnos dentro.
Hay algo que me ha impresionado especialmente de las hermanas trinitarias de Suesa.
Su manera de liderar……….No hablan de liderazgo…………No necesitan hacerlo.
Lo encarnan.
En una sociedad que identifica con demasiada frecuencia el liderazgo con visibilidad, poder, reconocimiento, influencia o capacidad para ocupar espacio, ellas representan otra forma de ejercerlo.
Un liderazgo construido desde la fe, el servicio, la comunidad, la coherencia y el cuidado.
Mujeres que han elegido vivir juntas y sostener una comunidad desde una profunda convicción espiritual, pero también desde una manera muy concreta de estar en el mundo.
Y hay en ello algo que me parece profundamente femenino y, también, profundamente feminista.
Quizá pueda sorprender utilizar la palabra feminismo dentro de un monasterio católico.
Pero precisamente por eso merece la pena detenerse.
Porque el feminismo no debería consistir únicamente en ocupar los espacios de poder que tradicionalmente han ocupado los hombres.
También puede consistir en crear otras formas de ejercer el poder.
Formas menos jerárquicas, más comunitarias, más cuidadoras, más humanas.
Estas mujeres sostienen una comunidad, toman decisiones, trabajan, estudian, oran, acogen, acompañan y generan alrededor del monasterio un espacio de encuentro que trasciende sus propios muros.
No necesitan parecerse a los modelos tradicionales de liderazgo para ejercer una influencia real.
Y quizá ahí haya una lección importante.
Porque hemos dedicado muchos esfuerzos a conseguir que las mujeres puedan acceder a las estructuras existentes —algo imprescindible—, pero tal vez el siguiente paso sea preguntarnos si queremos limitarnos a ocupar esas estructuras o si somos capaces de transformar también la manera en que entendemos el liderazgo.
Suesa no termina en las paredes del monasterio, eso también se percibe.
La presencia de las hermanas forma parte del lugar. De su identidad. De las personas que se acercan. De quienes regresan. De quienes buscan unos días de retiro, una conversación, silencio, espiritualidad o sencillamente un espacio donde sentirse acogidos.
Y eso también es liderazgo.
Crear espacios donde otros puedan crecer. Sostener sin invadir. Acompañar sin imponer. Estar presente sin necesitar ocupar el centro.
Cuánto podríamos aprender las organizaciones de esta forma de liderar.
Porque seguimos formando líderes para dirigir equipos, gestionar resultados, tomar decisiones o alcanzar objetivos —todo ello necesario—, pero hablamos mucho menos de su capacidad para crear contextos donde las personas puedan desplegarse.
Quizá una de las preguntas esenciales del liderazgo no sea:
¿Cuántas personas me siguen?
Sino:
¿Qué ocurre con las personas cuando están cerca de mí?
¿Crecen? ¿Se sienten escuchadas? ¿Pueden pensar? ¿Se sienten libres para expresar quiénes son? ¿Encuentran sentido? ¿Se sienten parte de algo?
Durante estos días he caminado………He leído……..He rezado……He conversado…..He contemplado.
Y, sobre todo, he estado en silencio.
Al principio, el silencio parece vacío……….Después descubres que está lleno.
Lleno de pensamientos que normalmente no escuchamos.
De preguntas que llevamos demasiado tiempo posponiendo.
De emociones que quedan enterradas debajo de las obligaciones.
De intuiciones que aparecen cuando dejamos de exigir respuestas inmediatas.
He sentido paz.
Pero no una paz entendida como ausencia de problemas.
Más bien una sensación de alineamiento.
Como cuando las piezas interiores vuelven poco a poco a colocarse en su sitio.
Y entonces he vuelto a preguntarme:
¿Desde dónde estoy liderando mi propia vida?
Porque podemos hablar de liderazgo consciente, de valores, de propósito, de ética, de organizaciones humanas…
Pero existe una pregunta anterior a todas ellas: ¿Me estoy escuchando?
¿O estoy respondiendo permanentemente a lo que el mundo espera de mí?
Me gusta esta imagen.
La espeleología.
Cuando descendemos a una cueva dejamos atrás la superficie.
La luz cambia.
Los sonidos desaparecen.
El ritmo se ralentiza.
Y necesitamos aprender a mirar de otra manera.
Creo que el liderazgo interior se parece bastante a eso.
Hay momentos de la vida en los que necesitamos abandonar temporalmente la superficie para explorar nuestras propias profundidades.
No para aislarnos del mundo.
Precisamente para regresar a él de otra manera.
Más conscientes.
Más libres.
Más alineados.
Porque quien nunca se detiene corre el riesgo de confundir velocidad con dirección.
Quien nunca guarda silencio puede terminar confundiendo las voces de los demás con la suya.
Y quien nunca se pregunta desde dónde está tomando sus decisiones puede acabar construyendo una vida extraordinariamente eficiente que, sin embargo, ya no reconoce como propia.
Me voy de Suesa con una sensación difícil de explicar.
No siento que haya encontrado grandes respuestas.
Quizá haya encontrado algo más importante: mejores preguntas.
Y, sobre todo, he vuelto a escuchar mi propia voz.
Tal vez liderarnos consista precisamente en eso.
En atrevernos, de vez en cuando, a apartarnos del ruido.
En descender.
En mirar aquello que normalmente evitamos mirar.
En reconocer nuestras luces y nuestras sombras.
En preguntarnos qué queremos conservar y qué necesitamos soltar.
Y después volver.
Volver a nuestras empresas.
A nuestras familias.
A nuestros equipos.
A nuestros proyectos.
A nuestras responsabilidades.
Pero regresar un poco más conscientes de quiénes somos y desde dónde queremos vivir.
Las hermanas trinitarias de Suesa me han recordado estos días que no todo liderazgo necesita un escenario.
Hay liderazgos silenciosos.
Liderazgos que cuidan.
Que sostienen.
Que acogen.
Que crean comunidad.
Que transforman sin hacer ruido.
Y quizá exista todavía un liderazgo anterior a todos ellos.
El que sucede cuando cerramos la puerta al ruido exterior, nos atrevemos a descender hacia nosotros mismos y, en medio del silencio, volvemos a escuchar esa voz que siempre estuvo ahí.
La nuestra.
Porque antes de pretender liderar a otros, quizá deberíamos hacernos una pregunta mucho más incómoda:
¿Quién está liderando mi propia vida?